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Una madre de apenas 26 años miraba absorta a su hijo que se moría de leucemia terminal. No más de un mes le daban de esperanza de vida. «Trate de hacer cumplir un deseo que tenga», musitaba la frase de la psicóloga. Como cualquier madre, deseaba que su hijo hubiera llegado a crecer, se hubiera hecho adulto y que llegase a realizar todos los sueños que se fraguan en la infancia. Pero eso ya no iba a ser posible: la maldita enfermedad le había ganado la partida. Profundamente consternada no sabía qué decirle y le pasaba la mano por su mejilla. El niño, pálido y ojeroso, tenía entre los dedos un coche de policía con el que jugaba distraído.—Juan —le preguntó finalmente—, ¿alguna vez pensaste en lo que querías ser cuando fueses mayor?, ¿soñaste alguna vez con a qué te dedicarías en la vida?

El niño, alzando los ojos, le respondió muy seguro:
—Mamá, siempre quise ser un policía cuando fuese mayor.
Un silencio. La madre se sonrió, y como masticando una idea que le sobrevenía, dijo:
—Veamos si podemos hacer realidad tu sueño.
Más tarde, se acercó a la Comisaría de Policía de Vallecas. Allí se presentó ante un policía y le expuso durante un rato lo que se le había ocurrido para que se cumpliese el deseo de su hijo. Al principio, viendo el rostro adusto de aquel hombre que la escuchaba cortés pero sin inmutarse, no las tenía todas consigo, pero finalmente cuando preguntó si era posible darle a su hijo de seis años un paseo por la calle en un coche patrulla, Pedro, —así se presentó— cambió el semblante a entrañable, y dijo:
—Mire, podemos hacer algo mejor que eso. Tenga a su hijo listo el miércoles a las 8 en punto de la mañana y lo haremos un «Policía Honorario» durante todo el día. Se vendrá con nosotros aquí a la Comisaría, comerá con nosotros, saldrá con nosotros cuando recibamos llamadas de ayuda, y estará por todo lo ancho.
—Gracias —sorprendida y cariacontecida.
—Y si usted nos da sus medidas, le conseguiremos un verdadero uniforme de policía, con su gorra y con su placa, no una de juguete, sino una auténtica, la que todos llevamos junto al corazón.
Lo había dicho señalándose el lugar del pecho donde llevaba prendida la suya. Sabría tiempo después que Pedro, pese a esa mirada adusta, tenía el corazón como la placa: grande y de oro.

Tres días después y como había acordado, el policía Pedro recogió a Juan, le vistió con su uniforme de policía, le puso la gorra, le prendió ceremonioso una plaquita en el pecho y lo condujo desde la cama del hospital hasta el vehículo policial. A Esto lo llamamos un «zeta», le anunció Pablo, el otro compañero que le esperaba allí y que lo saludó marcial llevándose la mano a la gorra. La flor y la nata de la policía, añadió burlón. Le dieron un equipo y lo acomodaron en la parte trasera, y mientras patrullaban por el barrio, «el nuevo», así lo bautizaron, ayudó a recibir los comunicados de la Sala.
—H-50, aquí es zeta-2015, buenos días a todos, iniciamos servicio—dijo el niño con su vocecita de cristal, lo que le apuntaba Pedro al oído.
«Buenos días, zeta-2015, bienvenido, es un placer poder contar con usted este turno. Recibido», se oyó responder por la emisora.
Patrullando, el niño se sentía como yendo en una nube por el cielo. Hubo tres llamadas en el distrito a las que acudió con sus dos compañeros y fue testigo de cómo éstos ayudaban a otra gente. A media mañana cambió, los chicos de la UIP lo ficharon y se lo llevaron en la ‘furgona’ a visitar el estadio de fútbol. Y comió con ellos en la unidad —No hubo ninguno que no se sustrajera a hacerse un selfie con «el Nuevo»—. Por la tarde volvió con Pedro y Pablo a la comisaría, y fue presentado al jefe, el señor Comisario, quien le hizo saber que éste oficio es duro y que en él solamente pueden estar los más valientes y los más abnegados, y quien le tomó juramento «para cumplir y hacer cumplir fielmente las obligaciones del cargo»; visitó la oficina de denuncias, el DNI, el gabinete de científica y los calabozos, allí colaboró en el ingreso de un detenido. El Secretario se prestó a ser esposado, reseñado en introducido en una celda. Todos los policías aplaudieron cuando el niño, rematando la faena, cerró la puerta. También salió a dar una vuelta en el coche camuflado, con los chicos de la «secreta». La prensa le hizo fotos posando con toda la plantilla de la comisaría. Hasta una cadena de la televisión lo grabó para las noticias, saludando marcial con su uniforme, la bandera asomando ondeante por sus hombros, en su ceremonia de jura de cargo.
—Aquí zeta-2015, buenos tardes a todos, este indicativo finaliza y se despide —repitió el niño, inocente, lo que Pedro le había soplado un instante atrás.
«Buenos tardes, zeta-2015, enhorabuena por la profesionalidad demostrada, ha sido un placer y un honor contar con su inestimable presencia en el día de hoy. Compañero», se oyó como respuesta.
«Buenos tardes zeta-2015, aquí el zeta-50, un saludo. Compañero», dijo alguien más.
«Buenos tardes zeta-2015, aquí el zeta 60, un abrazo muy fuerte. Compañero», dijo otro más.
Y luego un tercero: «Buenos tardes, zeta-2015, aquí el zeta-70, eres el mejor, Nuevo. Compañero». Y un cuarto. Y un quinto. Así hasta completar todos los indicativos de todos los distritos.

Habiendo hecho realidad su sueño y con todo el amor y la atención dispensadas, Juan fue tocado tan profundamente en su corazón que lograría vivir tres meses más de lo que le habían pronosticado los médicos.

Una noche todas sus señales vitales comenzaron a decaer drásticamente. El Jefe de Enfermería, que creía en el concepto de que nadie debe morir solo, comenzó a llamar a los miembros de la familia para que viniesen al hospital. Estando a la tarea, de pronto recordó el día que Juan había pasado como si fuera un policía, lo feliz que había sido, lo positivo que había resultado todo, así que llamó al Comisario y le consultó si era posible que enviara a un policía uniformado al hospital para que estuviera con Juan mientras entregaba su alma.
El Comisario le dijo:
—Haremos algo mejor. Estaremos allí en cinco minutos. ¿Me hará un favor?
—Sí, claro.
—Cuando escuchen las sirenas sonando y las luces centelleando, anuncien por los altavoces que no hay ninguna alarma, que es la policía que viene a visitar a uno de sus mejores miembros, una vez más. Y, por favor, ¿podría abrir bien las ventanas de su cuarto para que nos vea?
Exactamente cinco minutos después, al oírlos la enfermera empujó la camilla hasta la ventana para que el niño pudiera contemplarlos. Abajo se distinguían quince policías perfectamente formados en línea, iluminadas sus siluetas por la luz azulada que provenía de tres ‘zetas’ y una ‘furgona’, estacionadas a sus espadas, quienes, al verlo asomarse, se cuadraron y llevaron, muy disciplinados, enhiestos, la mano derecha al ojal de la gorra, saludando. Se escuchaban aplausos de gente asomada a las ventanas. Y vivas a la policía.

Con permiso de su madre, los quince subieron hasta el tercer piso donde estaba la habitación y fueron entrando, uno por uno, el primero de todos el Comisario, el segundo Pedro. Pasaban el umbral, se le cuadraban y lo saludaban marciales al pie de la cama, tal como habían hecho abajo, y corrían a abrazarlo y arrullarlo, y a continuación iban a situarse en formación, hombro con hombro, para dejar sitio al siguiente. Con su aliento agonizante, Juan miró al Comisario y quiso saber.
—Jefe, ¿de verdad soy un policía?
Hubo un silencio. Los ojos del niño removían tenues recuerdos de cada uno. El Comisario, tragó saliva, dejó escapar un suspiro y respondió:
—Sí, Juan, lo eres.
Oyendo esas palabras, Juan sonrió con dulzura, quiso decir algo más o hacer un gesto, tal vez devolver el saludo como ellos le habían enseñado a hacer, pero únicamente se escapó un estertor, y cerró sus ojos inocentes por última vez.

Recordemos que lo que los seres humanos necesitamos es el conocimiento y el amor de Dios manifestados a través de nuestros semejantes.

Esta historia es una adaptación cuyos derechos son cedidos para su publicación por parte de la administración de la página de Facebook:  El Rincón del Quijote Azul

Gracias por vuestra colaboración y servicio a engrandecer la labor policial.

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