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Isabel Sobrino Vaz. Policía nacional. Licenciada en psicología clínica. Master en psicología general sanitaria.


Si Quevedo levantara la cabeza, aquello de “Érase un hombre a una nariz pegado, érase una nariz superlativa…”  lo reescribiría como “Érase un hombre a una pantalla pegado, érase una adicción superlativa…” y transformaría la poesía en realidad actualizada. Pero como el genio del siglo de oro no va a resucitar y yo no soy experta en poesía, voy a hablaros de algo más terrenal: el trastorno de la personalidad narcisista (TPN) y el trastorno de la personalidad histriónico (TPH).

Si tuviese que hacer una predicción de aquí a 20 años sobre nuevos diagnósticos de enfermedades mentales, me arriesgaría a decir que una de ellas va a ser el “Trastorno por malgastar la vida real en una virtual”, y los síntomas asociados serán de profundo vacío existencial acompañados de crisis de angustia por la situación, que es de no retorno. Cuando los hijos acompañen al paciente a la consulta del psiquiatra, recordarán su infancia con un padre/madre ausente e hipnotizado frente a una pantalla respondiendo a los constantes requerimientos del niño como un robot de la generación anterior a Terminator (por lo tanto, no es probable que le acompañen al psiquiatra ni a ningún otro lado, pasarán de mamá o papá como él o ella le enseñó a hacerlo en su momento).

Digamos que estaba escuchando Spotify en vez de salir a bailar, se había divorciado y Tinder se había convertido en su sala de fiestas en vez de buscar una auténtica historia de (des)amor; tenía muchos amigos en Facebook, pero el viernes por la tarde nadie estaba disponible para tomar unas cañas y desde Instagram se podía comprobar la fiesta permanente que era su vida, pero con filtros y metiendo barriga. Si esto te ha pasado o te está pasando, hay una buena noticia, y es que no has llegado a ese punto de no retorno y estás a tiempo de poder cambiarlo. Si decides seguir en tu perfecta vida virtual, siempre tendrás la satisfacción de saber que tú lo has elegido y en previsión puedes ir preparándote para hacer terapia.

Bueno, no será para tanto, pensarás, puedo tener mi vida real y virtual sin que se vea menoscabada la primera. Puede, pero aquí el refranero no funciona: una cosa sí quita la otra, no podemos duplicarnos y atender a todo. Hay que elegir. Como han elegido los y las policías que deciden salir en RRSS de uniforme en pose sexy, con su inseparable Apple watch y sus numerosas pulseras con eslóganes de lo más motivadores y banderitas que indican la fidelidad a la institución y aportan seguridad subjetiva de pertenencia grupal. No son ellos, es el sistema. El sistema te invita a exponerte públicamente si quieres estar en el mundo y la competencia para ligar o conseguir refuerzos positivos (los me gusta, likes, seguidores) es altísima. Ni el propio Darwin podría predecir los derroteros que ha tomado esta nueva ley de la evolución (no) natural. Las reglas han cambiado.

En una policía para el siglo XXI proponemos sentido común. Un Policía no sale a la calle en su tiempo libre por lugares públicos a tomar cañas con los amigos, a la playa o a un restaurante vestido de uniforme. Ese policía que decide hacer público su orgullo, sus problemas de autoestima, su obsesión por sí mismo o sus complejos, no representa a la mayoría de quienes vestimos el uniforme, tampoco está autorizado para usarlo fuera de su contexto de trabajo ni para regalar información de todos los policías en forma de datos a una aplicación.
Aumentar la exposición añade riesgos a nuestra seguridad, la seguridad de policías, vehículos e instalaciones y denigra a la institución policial desposeyéndola de autoridad, seriedad y la confianza que los ciudadanos han depositado en ella porque un personaje disfrazado haciendo el indio afecta a la reputación institucional y a la imagen colectiva. Para funciones representativas y de imagen corporativa ya hay otros que cobran por hacer ese trabajo, mejor que lo hagan ellos.

Narcisistas e histriónicos seguirán campando a sus anchas en un terreno fértil, abonado y regado con efímeros refuerzos, tan perjudiciales que más que disfrutarlos les crean adicciones al like y al me gusta. Recompensas que los someten a la esclavitud del chequeo constante de comprobaciones en el Smartphone. El narcisista se expone a un público global haciendo gala de su asumida perfección, exposición que le permite sostener su falso estatus. El histriónico por otro lado es teatrero por definición, ha encontrado en las RRSS su lugar de trabajo y disfrute, el sitio donde por fin se cree el centro del mundo.
Que disfruten de su postureo. Pero mejor en su tiempo libre y con otro disfraz.

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